L&B Contemporary Art
Exposición “Signos y gestos” de Jordi Güell

World Trade Center, Hotel Eurostars*****, Moll de la Fusta s/n

15 de JULIO – 15 de SEPTIEMBRE 2008

ENTREVISTA
Por Cecilia Lobel a Jordi Güell.


Jordi Güell nació en Molins de Rei en 1973 y reside en Barcelona des- de hace doce años. Un artista joven y pasional que tomó la decisión de ser pintor con apenas 10 años de edad. Impulsivo e incansable en sus propuestas, Jordi Güell es una persona sabia que emana humanidad e inteligencia. Sus pinturas, al igual que él, transmiten esa imparable necesidad de comunicar y de entender la sociedad que le envuelve. Una obra a veces críptica y difícil que, sin lugar a dudas, es el reflejo de la realidad existencial del artista: mágica o dolorosa por momentos, pero en todo caso sincera y cargada de contenido.


CL: Te defines a ti mismo como pintor y poeta. ¿Crees que puedes separar un lenguaje del otro, o son complementarios?

J.G: Evidentemente complementarios. Uno construye al otro. Haciendo poesía pinto mejor.

C.L: Porqué has elegido la palabra Humanidad como título de la exposición?

J.G: El primer impulso fue un grito de indignación, pero después, reflexionando, vi que podía ser una afirmación. Y finalmente, con más calma, interpreté la palabra con afecto.

C.L: Sí, sí, de acuerdo, ¿pero porqué la palabra humanidad?
J.G: Tras una experiencia personal dura, tuve el infortunio de experimentar la capacidad de destrucción que algunas personas pueden ejercer sobre mi. Descubrir la oscuridad del ser humano y cómo la sociedad podía alimentarse de esa oscuridad me sorprendió. No es- taba previsto. Toda la serie parte del descubrimiento de una sociedad contemporánea sorprendentemente manipulable y desprovista de defensas.

C.L: No te negaré que tus pinturas desprenden fuerza y que, esos rostros cubiertos por códigos de barras son profundamente inquietantes. ¿Es eso lo que pretendes transmitir en tu trabajo: inquietud?
J.G: Sí. En este caso concreto, inquietud y densidad psicológica.

C.L: ¿Qué quieres decir?
J.G: En cada una de estas obras que vemos hoy pretendo, a través de los colores y de la gestualidad, impregnar la tela con el tipo de psicología propia de la ciudad.

C.L: ¿Y los códigos de barras?
J.G: No son códigos de barras. Son formas que elegí para que sean visibles al mismo tiempo, a modo de interferencia, dos planos visuales superpuestos.

C.L: Hasta ahora siempre te has movido en un lenguaje pictórico abstracto. ¿Porqué de repente te interesas por la figuración?
J.G:
Trabajé la figura durante muchos años. Finalmente, para mi hoy mirar una obra no precisa distinguir figuración o abstracción, sino de reconocer codificaciones que, o bien son reconocibles - como es el caso de las caras - o quizá forman parte de mi mundo onírico, o de mi expresividad impulsiva. Por lo tanto, usar el código figurativo no tiene aquí la función de representar sino, simplemente, la de oponer dos códigos visuales diferentes.

C.L: Éste es tu trabajo más reciente, en el que llevas trabajando los últimos dos años. Tu obra ha dado un cambio importante...
J.G:
Si, siempre me gusta provocar en mi obra bruscos cambios formales. Pero siempre me ha interesado la tensión entre opuestos. Entre lo natural y lo artificial, entre lo regular y lo irregular, entre lo concreto y lo abstracto. En éste caso la tensión está entre un código reconocible y otro vacío de contenido. Para mi carece de importancia que entendamos una cara, aquello que más me interesa es la oposición entre un código sin contenido y un código con contenido.

C.L: ¡Contenido! ¿Que es para ti el contenido de un código?
J.G:
Pienso que el ser humano codifica la realidad. A veces esa codificación se hace social, y crea cultura. Otras veces esa codificación que- da en el vacío, dispuesta a tomar sentido quizá en otro tiempo. Nadie puede saber exactamente hoy qué amagaban las pinturas rupestres para sus autores, aunque nosotros ya hemos aceptado un contenido exacto y arbitrario. Como también quedan muchos códigos del pasado aún irresueltos, de culturas arcaicas.

C.L: Crear cultura. ¿Podrías aclarar ese concepto?
J.G:
Claro. Por ejemplo un disco rojo, con un rectángulo blanco horizontal en el centro, es un código. En la ciudad todos identificamos qué significa pero quizá, en otro tiempo y en otro espacio, estaría vacío de significado. El ser humano, llenándolo de significado, crea cultura. A lo largo del tiempo el código puede persistir, cómo ocurre con las culturas olvidadas, pero el contenido lo creamos siempre nosotros, a nuestra conveniencia y desde nuestro presente. La hermenéutica pretendió recomponer los significados de modo objetivo. Yo creo que estamos inhabilitados para la objetividad.

C.L: Por lo que me cuentas, en las obras expuestas en Humanidad, tenemos dos tipos de códigos: los rostros pintados y las barras de metacrilato pegadas sobre el lienzo. ¿Qué significan?
J.G:
Me atrae en este caso la tensión que se produce oponiendo un código reconocible, como es la cara, a un código vacío de significado. Nunca preví que pudieran parecerse a códigos de barras. Quizá el sub- consciente trabajó en mi lugar. Recuerdo que realmente me interesaba diluir la figura en una abstracción. No busqué que el observador reconozca en mis manchas un rostro. Pretendía que en las caras reconozca sólo manchas, la realidad de la mancha de color y el gesto. Y por eso apliqué esa interferencia. En definitiva, la voluntad de toda mi obra es la de recuperar el vacío de sentido en la escena de un cuadro. Lo irreconocible, el misterio de la realidad misma aún irresuelta. Lejos de conceptos o representaciones.

C.L: Por lo tanto, se podría decir que de modo involuntario haces uso de códigos que forman parte de nuestra cultura - rostros, gestos y barras - para transmitir conceptos abstractos: misterio, inquietud. Si es así, ¿a qué te refieres cuando utilizas la palabra Humanidad?
J.G:
Sí, siempre hay trabajo involuntario. Es enriquecedor aceptarlo de ese modo. En cuanto a la palabra Humanidad, quizá me refiero a esa realidad inestable del sujeto, a ese esfuerzo continuado por comprender el misterio mediante códigos, siempre superándonos en ese intento. En un proceso de una belleza y fragilidad enternecedora ante la inmensidad de la duda.